Cuando estaba en Tailandia  escuché varías veces de boca de otros colegas diplomáticos sobre la esposa del Embajador de Perú. 


Me contaban que ella solía voluntariamente ir a las cárceles a visitar a los peruanos privados de libertad para dictarles cursos. Ella es titulada en docencia.

 

Nunca entre en detalles, ni hablé directamente con ella sobre el asunto, pero siempre me asombró, me inspiró respeto hacia ella, me intrigó el asunto de visitar centros penales y me asustaba pensar que en algún momento de mi carrera diplomática me tocaría a mi hacerlo.

 

Pasó un tiempo... llegó mi turno. Ahora estaba en El Salvador.

 

Revisé los nombres de los privados de libertad, dónde estaban y el estado de avance de sus casos. También había hecho contacto con sus familiares.

 

Coordiné una llamada con cada uno para conocerlos.

 

Entre llamadas…antes de hablar con cada uno sentía un poco de nerviosismo. Ya sabes, luego de ver tantas películas y noticias, uno se imagina que tratará con gente agresiva e íntimamente.

 

Conversé con colegas para conocer sus experiencias.

 

Llegó el día. De camino repasé la información y los mensajes de cada familia y los mensajes de los abogados. 

 

Al llegar, veo un gran muro con alambre de púas a todo lo largo. Seguimos avanzando hasta llegar a un portón. Varías personas afuera. El motorista (chofer) se baja y se acerca al portón, toca la puerta y espera. 

 

Un agente del CP le atiende. El motorista le entrega la nota que autoriza la visita consular. Luego de un rato nos permiten en paso.

 

Al entrar veo mucha vigilancia. Veo agentes y otros privados de libertad vestidos de jeans y suéter amarillo haciendo varias cosas. Cargando insumos, desinfectados los zapatos de quienes entran y las llantas etc.

 

Esa primera imagen me intimidó un poco. Al bajarme del carro, me paré erguido, me cerré el botón del saco, me acerqué al agente, saqué mi pasaporte y le dije con el tono de voz más profesional que me salió ese momento “buenos días, soy El Encargado de los Asuntos Consulares de la Embajada y vengo a visitar a un panameño privado de libertad” 

 

Luego de eso, el agente me pidió no entrar ️con celular, ni billetera, ni dinero, etc. Regresamos al carro para avanzar un poco más y pensé “creo que ya pasamos lo más difícil” y respire. 

 

Avanzamos un poco y veo un montón de personas más con suéter amarillo. Otro control de seguridad y repetí lo anterior. 

 

Un agente llegó por mí y me guio dentro del penal hacia el lugar de encuentro. Puse cara de no me interesa que pasa a mi alrededor, miraba de reojo y llevaba el corazón en la mano. 

 

Privados de libertad de amarillo (fase de confianza) y otros de blanco (regulares) por todos lados, haciendo fila en los pasillos, etc. No me pregunten que más hacían porque yo con tal de no llamar la atención no mire a ningún lado.

 

Finalmente me reuní con mi conciudadano, conversamos y me despedí. Parte del camino hacia la salida me tocó caminarlo solo, pero todo salió bien.